24 dic. 2009

Se hundió en la nieve cuando descendió del coche

Se hizo tarde y empezamos sin Helena; ya eran más de las diez y teníamos hambre, sobre todo Griselda que ni bien nos sentamos se lanzó sobre la panera y la acaparó sin ninguna delicadeza. Hundió los panes, uno a uno, en el chimichurri, mientras mirábamos para otro lado porque nos daba vergüenza ajena verla comer así, justamente a ella que era una chica tan recatada. En el barrio, era famosa por su lemon pie, receta casera heredada de su madre; la verdad es que ella y su mamá se parecían bastante, las dos de figura redonda, siempre prolijas y sonrientes como dos muñequitas rusas.
La noche avanzaba y Helena no llegaba, cosa bastante rara porque ella jamás se perdía una comida de la vecinal y, fundamentalmente, porque pocas veces dejaba salir sola a Griselda. Nieve y heladas era el pronóstico de la radio para las próximas horas, pero en el salón vecinal el chamamé y el vino tinto elevaban la temperatura hasta volverla sofocante.
Cuando llegó el patrullero, el aire se heló de golpe, desde la ventana vimos que el comisario venía sentado en el asiento trasero junto con Helena que lloraba desconsolada. Descendió solo del vehículo y preguntó si alguien había visto a Griselda esa noche, todos nos miramos desconcertados, buscándola, entre nosotros, pero nadie la vio, fue como si se hubiera esfumado; minutos después supimos por el comisario que alguien había encontrado su cuerpo sin vida, a pocos metros de allí, alrededor de las nueve de la noche, y que estaban intentando descubrir qué había pasado.
Del chimichurri nadie se atrevió a decir una palabra, no por espanto sino por pudor: a todos nos pareció justo brindarle ese último y, quizás, único momento de libertad a la pobre Griselda.