10 sept. 2010

Pitufa

Recuerdo bien el día en que trajeron a Pitufa. Estábamos merendando y de repente mamá nos indicó que mirásemos hacia abajo. Allí estaba ella: una bolita de pelo negro enrollada sobre sí, debajo de la mesa de la cocina. Naturalmente, me asusté a pesar del entusiasmo de toda la familia. Era una cachorra de dos meses pero ya tenía el porte de un animal grandote, de contextura fuerte y ojos bonachones. Enseguida se ganó mi confianza, sin embargo, nunca me animé a cargarla.
Años más tarde, encontrándome yo muy lejos, me enteraba de la muerte de Pitufa por una carta de mamá, simple y desgarradora, como son esos grandes dolores hundidos en lo cotidiano.

26 jun. 2010

Irreversible

Plano velado

Por la rendija de la puerta entreabierta, se perciben sombras imprecisas. Afuera, la luz es más intensa y ejerce un efecto de ocultamiento sobre lo que sucede en el interior de la habitación apenas iluminada. El campo visual del observador se reduce a una línea vertical de quince centímetros de ancho. Ella y él aparecen de manera intermitente y parcial, casi sombras: un brazo, un perfil, medio cuerpo, una mano que aprieta un antebrazo. Los objetos son más difíciles de identificar, manchas borrosas. Algo que ha sido lanzado por el aire atraviesa el espacio visible. Un instante, un destello. Las voces son también discontinuas: gritos y susurros se alternan.


Irreversible

Ella se zambulle en el bolso, mete un sweater, un manojo de bombachas. Él le desvía el brazo con violencia. Varias prendas caen al piso.
- ¿Dónde carajo vas?
- Hablá más bajo, Lucas duerme.
Pide perdón, pero ella no lo escucha, recoge la ropa del suelo y la guarda en el bolso. Él se acerca y la abraza por la espalda, la rodea y apoya la cabeza sobre su hombro. Siente su perfume. Pide perdón otra vez. Ella no se detiene. Él la arroja sobre la cama. Pretende besarla en la boca, pero ella lo esquiva. Él le besa el cuello con ternura. Le acaricia las caderas. Ella no cede. Lo aleja con fuerza. Se tira al piso y se incorpora en un solo movimiento.
- Dejame ir.
- Hablemos, por favor.
Cierra el bolso y se dirige a la puerta. Él la detiene y le arranca el bolso de las manos.
-¿Adónde vas a ir con este bolso de mierda?
Ella retrocede y toma el velador encendido.
-¿Qué vas a hacer con eso? No me hagás reír.
El mango de hierro del aparato le quema un poco la palma de la mano, lo aprieta más fuerte. Él se acerca. Ella lanza un golpe al aire como previniéndole que no siga. Él avanza. Un haz de luz dibuja una trayectoria efímera entre los dos cuerpos. De repente la habitación queda completamente a oscuras. Se oye un golpe contundente y luego otro: un cuerpo que se desploma sobre el piso. Silencio y tropiezos. Él sale de la habitación y cierra la puerta.
- Lucas… ¿qué hacés acá? Andá, cambiate que te preparo la leche.

Secuela

El día que murió mamá le reventé un ojo al chueco Pereyra. En ese momento, todavía no sabía que ella había muerto. Me lo dijeron a la tarde, cuando regresé de la escuela. Si le hubiera reventado los dos quizás le habría hecho un favor. Hay cosas que es mejor no ver. Fue un arrebato, no pude calcular las consecuencias. Pereyra me venía jorobando desde hacía varios meses. Que tenía ojos de sapo me decía. La semana anterior me había metido un sapo muerto en la mochila. Mi mamá lo había descubierto a la noche por el tufo que emanaba del bolso.
La onomatopeya repetida al oído, mientras la maestra no veía, me volvió loco. Croac. Croac. Estallé. Le clavé el lápiz en medio del iris. No sé de dónde saqué la fuerza. Gritaba como un condenado. Y sangraba muchísimo. Lo dejé medio ciego con un sin fin de cirugías, post-operatorios, tratamientos de por vida y, lo peor de todo, el esfuerzo y la esperanza de mantener sano el ojo que todavía servía. Le cagué la vida. Pobre Pereyra.
Ese también fue el día en que vi por última vez a mi padre. Esa mañana, mamá y él habían discutido a los gritos. Algo pude ver y escuchar a través de la puerta entreabierta. Pero no recuerdo nada con claridad. Excepto el momento en que la habitación quedó a oscuras. Todo terminó con un apagón y un golpe sin eco que aún hoy retumba dentro de mí. Me quedó esa negrura grabada en el iris como la mancha blanca en el ojo del chueco. Infinito punto ciego. Después de un silencio breve mi padre salió de la habitación con el rostro desfigurado y cerró la puerta de inmediato. Me preparó el desayuno y me llevó al colegio. Nos despedimos como todos los días. Antes de bajarme del auto me detuve un segundo y lo miré a los ojos. Entonces lo vi, él también llevaba esa marca en las pupilas. Dilatadas, a pesar de la luz, ya inmersas en su propia noche perpetua.  

6 jun. 2010

Una cerda

Una cerda

Se hacen los indiferentes y se les nota a la legua cómo desvían la mirada con asco, ¡cómo si fueran tan modositos ellos agarrando las empanadas con una servilleta de papel mientras, por abajo, chorrea la grasa y dejan todo hecho un chiquero! ¡Y todavía me miran como si la cerda fuera yo! Da igual, que piensen lo que quieran. Hace años que me aguanto a todos éstos y a la otra, sobre todo a ella. No veo la hora que llegue y me vea comiendo así. Quizás, hasta tengo suerte y le da un patatús acá nomás. Como la tarde que me sorprendió con Ernesto. Se hacía la dormida la muy turra. Casi revienta. Ojalá se hubiera terminado todo ese día. Treinta Lemon pie me hizo preparar para esta fiesta de mierda, tres días encerrada en la cocina mientras Ernesto se me iba con la Romi. Pobre Ernesto, hace tanto que me espera. Si el viernes le hubiera dicho que sí, quizás ahora estaría acá, conmigo, o mejor aún, estaríamos los dos juntos en otra parte, lejos de esta mugre. Si estuviera papá esto no habría pasado, él habría entendido. Pero ella no. No quiere. Yo me tendría que haber ido con Ernesto, siempre tan bueno conmigo y tan paciente.
La cara que va a poner cuando se dé cuenta que me fui sin ella, cuando me llame para que le alcance la toalla y nadie responda. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que se decida a atravesar la losa helada y buscarla ella misma? ¿Se vestirá primero o me buscará por toda la casa, empapada, salpicando el piso de parquet? Pero, ¿y si no logra subir a la silla? No, no creo. Tiene alma de milico, no se va a quedar tirada y a los gritos. Va a alcanzar la silla y se va a subir. Es capaz de eso y mucho más.
¿Todavía estaré a tiempo con Ernesto? La Romi es para pasar el rato, él me quiere a mí y me quiere bien. Papá hubiese pensado lo mismo. Él también me quería. Si lo voy a buscar y ve que me animé, en una de esas, recapacita y me lleva a Rosario con él. ¿Qué hago acá esperándola? Yo me mando a mudar.
Pero, ¿y si no alcanza la silla? Después de todo es una pobre mujer. ¿Dónde se la habré dejado? Por más que hago memoria, no me acuerdo. Si no tiene un punto firme de donde sostenerse no quizás no pueda…
Esperame, por favor, Ernesto. Esperame un poco más.


Mamushka 

Se hizo tarde y empezamos sin Helena. Ya eran más de las diez y teníamos hambre, sobre todo Griselda. Ni bien nos sentamos se lanzó sobre la panera y la acaparó sin ninguna delicadeza. Hundió los panes, uno a uno, en el chimichurri mientras mirábamos para otro lado porque nos daba vergüenza ajena verla comer así, justamente a ella que era una chica tan recatada. En el barrio, era famosa por su lemon pie, receta casera heredada de su madre. La verdad es que ella y su mamá se parecían bastante, las dos de figura redonda, siempre prolijas y sonrientes como dos muñequitas rusas.
La noche avanzaba y Helena no llegaba, cosa bastante rara porque ella jamás se perdía una comida de la vecinal y, fundamentalmente, porque pocas veces dejaba salir sola a Griselda.
Nieve y heladas era el pronóstico de la radio para las próximas horas. Pero en el salón vecinal el chamamé y el vino tinto elevaban la temperatura hasta volverla sofocante.
Cuando llegó el patrullero, el aire se heló de golpe, desde la ventana vimos que el comisario venía sentado en el asiento trasero junto con Helena que lloraba desconsolada. Descendió solo del vehículo y preguntó si alguien había visto a Griselda esa noche. Todos nos miramos desconcertados, buscándola, entre nosotros. Pero nadie la vio, fue como si se hubiera esfumado. Minutos después supimos por el comisario que alguien había encontrado su cuerpo sin vida, a pocos metros de allí, y que estaban intentando descubrir qué había pasado.
Del chimichurri nadie se atrevió a decir una palabra, no por espanto sino por pudor: a todos nos pareció justo brindarle ese último y, quizás, único momento de libertad a la pobre Griselda.

23 may. 2010

Historia inconclusa

El primer libro que me fascinó  nunca estuvo en mi biblioteca. Yo tendría nueve o diez años y algunas tardes, después de la escuela, solía ir a jugar a casa de mis amigas. Me gustaba, particularmente, visitar a Malena. Sus padres tenían tantos libros que había incluso una gran biblioteca en la habitación de mi compañera de colegio. Un libro de lomo ancho y encuadernado de cuero azul atraía mi atención. El título escrito en francés, idioma que conocía ya un poco, cautivaba mi curiosidad: Papillon. Cada vez que Malena me invitaba a su casa, yo aprovechaba para leer una parte de aquella novela, aguantando sus reproches hasta el momento en que, indignada por mi indiferencia, la niña me acusaba con su madre de revisar y toquetear sus libros en lugar de jugar con ella: al fin y al cabo, para eso estaba yo allí. Después de un tiempo, no me invitaron más, cosa que no lamenté mucho salvo porque nunca llegué a leer el final de aquella historia.

1 may. 2010

Aradura


 

Si atajo ésta, la próxima vez, juego seguro. Es fácil, Rubio viene adelante solo y para gambetear es bastante flojo. Ya lo tengo estudiado: si lo obligo a cambiar de dirección se abatata. Y Gómez, a esta altura, no lo alcanza ni loco, mirale la cara de desencajado que tiene, el pobre, todavía se cree que llega… Rosso se agarra la cabeza porque sabe. Si Gómez no lo para, esto queda entre Rubio y yo. Otra vez, entre nosotros dos. Acá estoy bien, o no, un poco más a la derecha, ahora sí… Estoy listo, vení.

Rubio se acerca al área chica. Desde la otra punta de la cancha Rosso grita desesperado:
-   ¡Y el Turco dónde se metió! ¡Atajalo Gómez! ¡Metele que no hay nadie en el arco, dale Flaco!
Pero Rubio está casi dentro. Recién ahí advierte a Manso plantado delante suyo:
- ¡Correte Gordo, no ves que estás parado en el medio de la cancha!, le escupe, mientras avanza y se acomoda para patear. La muleta del gordo Manso le impacta justo en la rodilla derecha. Por fin llega Gómez y desvía la pelota hacia fuera. El equipo de Rosso festeja aliviado, mientras los otros dos permanecen en el piso mirándose con bronca. Rubio aprieta los dientes para no llorar como lloró Manso, con ojos de perro herido, el día del accidente. El Gordo no lo puede evitar y rompe en lágrimas, otra vez.  


Producido en el taller

24 abr. 2010

Antes del mediodía

Me acomodaba, antes de las doce,
en el centro del patio.
Frente a mí, la cocina de la abuela,
justo arriba, la de mamá.
Las dos con sus radios
y sus aromas de media mañana.

Desde allí
preguntaba a una
y después a la otra
qué había para almorzar.
Respondían ambas
siempre algo diferente entre sí.
Entonces yo elegía
como todos los días.

De mi abuela guardo pocos recuerdos
excepto esas comidas a mediodía.  
De esos días de conventillo
llevo impregnados los olores entrañables
y el sabor de las elecciones sencillas.

8 mar. 2010

Círculo de agua

Soy el caminante de la obscenidad festiva pero, por supuesto, ese no es mi nombre. Esta mañana he acabado con la Bestia. Y lo he hecho de tal modo que no ha quedado en la nieve ninguna marca suya, ningún rastro de su existencia monstruosa ni de la del  asesino, que soy yo.
En esta época del año, los zoológicos de Paris suelen colmarse irremediablemente de nieve y son buenos delatores del corazón, sin embargo, han tenido piedad de la Bestia y me han hecho cómplice del pacto de silencio que santifica su nombre. Y así como la maté, ahora profano ese nombre santo. Está en mi naturaleza traicionera.
El revólver no era para mí, lo encontré por azar en una vieja armería de la rue de Lyon y me pareció un bello regalo para la colección de Andrés; pero luego no pude resistirme y compré tres municiones. Dos están ahora bajo la nieve.
La Bestia murió y la ciudad sigue siendo la misma, ya ni siquiera la tengo a ella y he perdido la esperanza de que fuera su culpa. Ha muerto la mujer con pieles que abrigaba mis mañanas. Y todavía me queda una bala.
Hacía tiempo habíamos sido felices, nos gustaba comer carne vacuna que más tarde  habrían de devorar las moscas. Dos cerdos felices habíamos sido. Pero las cosas se marchitaban de a poco, y cuando los insectos carnívoros comenzaron a saborear también mi cuerpo cada vez que hacíamos el amor, supe que se le estaba pudriendo el corazón irreversiblemente y comprendí su destino que era perecer en la nieve. Pues nadie tan digno como ella de sentir, en su último respiro, la pureza. No obstante, no lo planeé. La meticulosa casualidad con que se sucedieron los hechos prueba que no miento, todo estaba trazado providencialmente, sólo debía actuar siguiendo la inocencia de mis sentidos.
Como tantas veces, me encontraba perdido en esa maraña de calles tan hermosas que tiene Paris en invierno cuando di, nuevamente, con la armería donde horas antes había adquirido el revólver. Hombres ensimismados entraban y salían de allí y de los locales vecinos con premura, como escapando de antemano a lo inevitable. La carne rojiza resplandecía en las vidrieras lujosas de aquella ciudad. Y esas masas jugosas que desbordaban las bandejas de metal reluciente parecían haberse desplazado al rostro de aquellos hombres vacilantes a mi alrededor. Entré y compré las tres balas plateadas.
Una noche después estaba junto a ella y el arma continuaba descargada en un hermoso paquete azul destinado a Andrés. Me pidió que la acompañase a lo de Mersault, vayamos  por el  parque, pidió, es más corto. Yo pensé que tenía razón pero no se lo dije. Simplemente la seguí sin comprender aún con claridad lo que me suplicaba. Era una clara mañana de enero, como el frío de un cuchillo. Atravesamos en silencio el Bois de Vincennes, atontados por el arrullo de la brisa sobre las ramas. Entonces ella comenzó a hablar de la tristeza que ya no la abandonaba nunca y de las noches eternas que se consumía frente a la estufa, viéndose arder en las llamas azules de nuestro viejo calefactor a kerosén. No sé cómo sucedió, las palabras se fundieron con la nieve y la nieve se volvió presagio, bálsamo blanco y aliviador. Dos o tres yonkis, que dormían en el parque, se acercaron a mirar, absortos, el espectáculo de la Bestia sobre la nieve. Tan pura y tan bella mi Bestia dormida. No hubo sangre ni tristezas, todos entendimos las razones del azar y en círculo contemplamos esa muerte.

22 feb. 2010

Como una brisa de muerte

Lo encontraron muerto en la piecita de calle San Juan y, sin embargo, olía a verano, a caricia de jazmín.
Comenzaron entonces los problemas en la pensión. Naturalmente, no es sencillo imaginar a la muerte oliendo a fresco, a colonia de bebé, a rocío sobre las calas – y debe entenderse bien que el olor no emanaba de las flores sino del muerto. Este hecho simple y peculiar bastó para incomodar a la vecindad entera, pero un fenómeno más extraño aún vino a causarles el espanto que los transformó para siempre. Cada uno de ellos, e incluso Celina que era la más vieja del conventillo, portaba en su cuerpo la brisa floral del finado. Cosa absurda pero no por eso menos cierta: los cinco inquilinos que se contaban aún del lado de los vivos y el mismísimo propietario de la pensión desprendían el perfume del muerto.
Se reconfortaron unos a otros, durante el tiempo que duró el velorio, amparados por la presencia del difunto y la enorme cantidad de flores que disimulaban la desgracia compartida, convencidos de que todo terminaría una vez el entierro consumado.
Cuando llegó el momento, los cocheros se llevaron el féretro y a unos pocos parientes que lo acompañaron en su recorrido final. Los vecinos lo despidieron, desde la vereda, agitando las manos en señal de adiós, mientras el vehículo se alejaba. Después corrieron a abrir todas las ventanas para ventilar la casona. Pero el olor se quedó allí. No por un día o dos, sino que se quedó. 
Contaba doña Cecilia que, en el almacén de Mitre y Mendoza, ya le habían halagado varias veces el perfume nuevo y la habían interrogado sobre su origen; se quejaba Sandro de tener que soportar las cargadas de sus compañeros por usar una fragancia femenina; notaba Romina que los obreros de la construcción la piropeaban todavía más que antes, lo que es mucho decir; se lo veía nervioso sobre todo al señor Paredes, preocupado por la amenaza de varios inquilinos de dejar la pensión si no se resolvía el tema del olor a muerto.
La situación se hacía insostenible por lo que decidieron, como primera medida, averiguar si el fenómeno se había producido en otros sitios. Bastaría para ello con asistir, discretamente, a unos cuantos funerales en la zona, a modo de muestreo. La tarea no resultó completamente efectiva puesto que la nariz más joven estaba resfriada y no hubo más remedio que confiar en Susana quien, a pesar de sus limitaciones, completó dignamente la misión. Estuvieron pronto seguros de ser los únicos en padecer el mal del olor a muerte. Según los datos arrojados por Susana, en la totalidad de las ceremonias escudriñadas, el tufo fúnebre se impregnaba en todos los asistentes excepto en ella misma quien se retiraba siempre airosa y oliendo a quinceañera.
Hubo que pensar en otra cosa. Se les ocurrió que quizás la fuente del problema había permanecido en la pensión, que era necesario exorcizarla mediante una limpieza más profunda y radical que le devolviera a ese hecho de muerte el hedor que le habría sido propio en condiciones normales. Se afanaron en recuperarlo y traerlo de vuelta de manera de poner las cosas en su sitio y poder seguir así con el curso de sus vidas ordinarias. Buscaron en las cloacas, en los baños públicos, en los cementerios, en el congreso municipal y hubo hasta quienes buscaron en sus propias almas. Mas los intentos fueron vanos, no hallaron nada.
Al cabo de un tiempo, los inquilinos terminaron por mudarse y Paredes vendió la pensión. Pero el olor los seguía donde fueran y, a fuerza de sobrevivir, el extraño padecimiento comenzó a mutar volviéndose contagioso.
Doña Cecilia ya no hallaba donde realizar sus compras puesto que, amablemente, le pedían que se retirase de los comercios para no incomodar a la clientela; Sandro perdió su trabajo y se presentó a cientos de entrevistas laborales que jamás superaron los cinco minutos y un obligado “Muchas gracias, cualquier cosa lo llamamos”; Romina intentó, inútilmente, recobrar su encanto natural gastando fortunas en perfumes, maquillajes y prendas llamativas, no obstante, sus caderas se balanceaban sin gracia al son del silencio; Paredes compró una pensión más chica y mejor ubicada y aún así terminó embargado por no pagar sus impuestos a falta de arrendatarios que le permitieran sostenerla.
Solos y excluidos en su infortunio, volvieron con el tiempo a reunirse. Terminaron hacinados en una casita de chapa lejos, muy lejos del centro y de calle San Juan. Aprendieron a disimularse entre la gente común. De hecho, ya casi no llaman la atención. Se han vuelto invisibles, salvo por el olor. Ese olor tan contundente, a primavera, que desprende el metal, a ciertas horas, cuando se calienta al sol.

8 feb. 2010

Por trescientos metros

Adela siempre soñó con ganar la lotería o el Quini. Tan cerca estuvo aquella vez que salió el 2345. Por dos números erró. Lo que Adela nunca había imaginado era que una mañana de enero encontraría setenta mil pesos olvidados, en un cajero automático, a tres cuadras de su casa. Que estarían allí como si hubieran sido suyos, pero un poco desplazados del radio de su legítima propiedad, casi suyos si no hubiera sido por trescientos metros.
Había salido, ese martes, temprano como de costumbre para hacer las compras antes que la mayoría de sus vecinos y ahorrarse la espera en el mercado. Pasó, en el orden habitual, por la verdulería, la fiambrería y el supermercado, y volvió caminando sin apuro. Tenía tiempo de sobra para llegar a su casa y preparar la colita de cuadril con papas que iba a cocinar ese mediodía. Al pasar por calle Angostura, a mitad de cuadra, se detuvo, frente a la vidriera de la zapatería, a mirar el precio de unas sandalias rojas que ya tenía vistas pero que encontraba difíciles de combinar y, además, ahora que conocía el precio, bastante costosas. Antes de ponerse nuevamente en marcha y, mientras pensaba en el valor de los zapatos, reparó en el Banelco justo al lado de la zapatería. Fue entonces cuando advirtió la bolsa negra de plástico, apoyada sobre la tabla de madera pegada a la máquina distribuidora de dinero. El tiempo libre y la curiosidad la invitaron a entrar. Espió, sin dudarlo, el contenido de la bolsa y, naturalmente, encontró dinero. Una vez más, no lo dudó: hundió el paquete en el carrito de las compras y se dirigió a su casa, ahora sí, apurando el paso.
En menos de cinco minutos estaba encerrada en su habitación con toda la plata desparramada sobre el acolchado. Billetes de diez, de veinte, de cincuenta y de cien. Setenta mil pesos en total, estuvo un rato para contarlos. Ninguna identificación del propietario, aunque hubiera sido sencillo devolverlos al banco. Tan fácil desprenderse de ellos ahora que estaban arriba de su cama y no había margen de error.
Los ocultó bien al fondo, en el canasto de la ropa sucia, y por fin se decidió a preparar la carne al horno con papas.
Esa tarde, esperó a Vicente con la comida servida, como siempre, y la sorpresa de haber ganado una cifra exuberante jugando a la quiniela. El hombre, venía cansado y con un apetito canino; le preguntó, solamente, cuánto había ganado y cuánto cobraban de comisión los de la agencia de lotería. Se alegró al escuchar ambas respuestas. Ella descorchó un Fresita que había salido a comprar mientras la carne estaba en el horno y brindaron con ilusión, mirándose a los ojos. 

El miércoles, durante una salida al centro para ver electrodomésticos, Adela estrenó las sandalias rojas junto con vestido y cartera haciendo juego.
El jueves recibió, en su casa, la heladera con freezer. El viernes llegó la cocina nueva. Hubo que esperar hasta el lunes la entrega del colchón de resortes.
El martes, cuando se cumplía una semana del feliz hallazgo, un encuentro temido la sorprendió, entre las góndolas del supermercado Estrella, en el sector de los congelados:
- ¡Vos sos la chorra!
- ¿Perdón señor…?
- ¡Vos te llevaste la guita del banco! ¡Sos vos! ¡Te tenemos filmada por las cámaras de seguridad! ¡¡¡Sos vos!!!
- Disculpe señor, usted está confundido, no sé de qué me está hablando. ¡Cualquier barbaridad está diciendo…! Permiso…
- Mirá, vos hacete la boluda si querés, pero ya estás fichada. Vas a tener que devolver la plata.
El desconocido, de unos 35 años, vestido de traje azul marino, fue terminante. Adela sintió que un frío le recorría el cuerpo pero, mostrando seguridad, enfiló hacia adelante, dio unos pocos pasos y dobló en la esquina del café y las infusiones, donde dejó el changuito a un lado para después abandonar el local, raudamente.

Otra vez en su casa, sentada sobre el colchón nuevo -todavía envuelto en el nylon protector, blando como deben ser las nubes, caro como el oro- con los hombros caídos y las manos apoyadas sobre las rodillas, Adela mira el canasto de mimbre y piensa en la Orbis plateada con quemadores de alto rendimiento y aislación térmica optimizada que sólo pudo usar una vez: pollo a la mostaza; la Whirlpool con descongelamiento automático, sistema No Frost y anaqueles de gran capacidad que todavía no alcanzó a llenar; el 2343 que nunca salió; las sandalias que no llegó a domar; los cincuenta y ocho mil pesos que quedan en la bolsa; el autito para Vicente; los doce mil que se gastó; el hombre de traje azul; la quiniela; el marido que llegará en un rato.
En ese momento suena el timbre, es raro, nadie los visita jamás a esta hora, todo el mundo sabe que Vicente trabaja y que ella está en el mercado, haciendo las compras.

1 feb. 2010

Un instante después

El día había sido largo. La discusión había por fin cesado y el silencio de la ruta de noche me traía algo de calma. Creo que parpadeé dos o tres veces antes de decidir pasarle el auto a Rodrigo y descansar un rato. Me dormí. Soñé que viajábamos en tren. Íbamos callados, pero algo nos urgía. El paisaje avanzaba como imágenes diapositivas a través de las diminutas ventanillas del vagón. El movimiento fragmentado del tren aumentaba la sensación de prisa y angustia. Llegamos a una estación atiborrada de gente. La terminal ferroviaria era un laberinto de pequeños puestos de comidas y chucherías entre los que corríamos como ratas buscando la salida. Un único acceso permitía salir de allí. Pero nadie se atrevía a traspasarlo: desde el otro lado de la calle, una muchedumbre enardecida lanzaba piedras hacia la puerta. El asfalto estaba regado de cuerpos heridos que no eran socorridos por nadie y que seguían siendo atacados por la persistente lluvia de cascotazos. Sin saber qué hacer, observábamos el espectáculo, paralizados. Inesperadamente, tomé impulso y me animé a dar el primer paso bajo la pedrada.
Un sacudón violento me despertó, apenas entreabrí los ojos, vi a Rodrigo, sentado en el asiento del acompañante e inclinado hacia delante, tenía los ojos cerrados y un hilo de sangre le bajaba desde la sien izquierda. Me sentí mareada. Pensé en nuestros hijos durmiendo en su habitación. Llegar donde ellos, esa era la urgencia. Sigo dormida, recuerdo haber pensado. Y cerré los ojos para volver al sueño y terminar de cruzar la calle, continuar nuestro camino.

En medio de la noche vacía, el auto descansó, a un lado de la banquina, hasta que la luz del día lo hizo visible.

18 ene. 2010

Por no mostrar la hilacha

Martes, 9.15hs. ANSES

-¡79! ¡¡¡…79!!!
Una mujer de unos setenta años, abandona su asiento con dificultad y se apresura hacia el escritorio número cinco frente al cual vuelve a sentarse con dificultad.
- Digamé señora, ¿qué problema tiene?
- Mire señorita, hace tres horas que estoy esperando que me atiendan, ¡a las seis de la mañana vine yo, señorita! ¡Una hora en la puerta me tuvieron, con este frío…! ¡A usted le parece!
- El ANSES abre a las siete señora. ¿Por qué asunto es?
- ¡Esto es inhumano, pero ustedes qué se creen! ¡¿Qué somos nosotros, eh?!
- Hay gente esperando, señora, ¿por qué no me dice qué problema tiene, por favor?
- ¡Claro, ahora se quiere apurar para irse más temprano…! ¡Acá son todos iguales, unos vagos, no quieren laburar! Tratan a la gente como basura, se creen que uno no tiene problemas, lo pisotean a uno, ¡pero ustedes quiénes se creen que son…!

La perorata viene para largo. No sé si matarla o ponerme a llorar con ella. Así que me rindo, me evado, no los escucho más por un rato. A los pobres, digo, a los viejos, a los viudos y viudas, a los huérfanos y huérfanas que vienen cada mañana en periplo por sus jubilaciones o sus pensiones roñosas. Cómo pueden creer que yo, que soy más infeliz que ellos, les voy a solucionar sus problemas. Yo, que me la paso escuchando toda esta mierda sin poder hacer nada, que duermo cuatro horas por noche y porque tomo pastillas.
Qué alivio sería poder decirles que se vayan, que no pierdan tiempo, que no les vamos a resolver nada y que sus vidas van a seguir siendo igual de miserables. Que se ahorren la cola.
Cuánto más sencillo sería todo si no tuviéramos que mentirnos para mantener este equilibrio de mierda. Por fin, podríamos decirnos todas esas cosas que por miedo o por buenos modales nos callamos. Qué placer mirar al hijo de puta del jefe a la cara y decirle que tiene mal aliento y que para hablarme no hace falta que se acerque a  menos de cincuenta centímetros; decirle vieja chota a cada vieja chota que se cruce en mi camino con la intención de cagarme el día; explicarle a la vecina que cada tarde pretende contarme su vida y conocer  detalles de la mía que amigas no somos y que con un “buen día” basta y sobra.
Sí, sería refrescante y liberador. Pero… ¿por cuánto tiempo? ¿Cómo parar esa bola de nieve una vez que se hubiera echado a andar? Semejante sarta de impulsos desatados terminaría, seguramente, trayendo complicaciones: el mal gusto se volvería moneda corriente, las obscenidades de todo tipo se tornarían cotidianas y, sobre todo, públicas. De tanto mostrar la hilacha, nos volveríamos cada vez menos atractivos para los demás. Evitaríamos el contacto para zafar de la vergüenza y el mal rato. Perderíamos la paciencia, el interés por el otro, la compasión, el amor. ¿Y qué pasaría si se extinguiera el amor?


-Bueno señora, quédese tranquila. A ver, páseme esos papeles. Vamos a ver qué problema tiene.

4 ene. 2010

Una siesta de verano

El dolor no le permitía concentrarse. La discusión había durado horas y los insultos de Jorge se le desvanecían entre las puntadas en el estómago y un extenuamiento súbito. De repente, no veía más que la punta de sus zapatos y una mancha opaca bajando sobre los mocasines recién lustrados. El resto era borroso: entre sus ojos y sus pies se abría un hueco como una pregunta. La voz desencajada de Jorge le llegaba ahora atenuada por las náuseas y el mareo. Hubiera querido explicarle de nuevo que nunca habían pretendido lastimarlo así, que había sido todo un desatino. La Martita y él. Un gran error, una sola siesta de verano. Y, sin embargo, inevitable. Nunca quisimos. Si ya sabés cómo te adoraba Martita. Y yo…hermano, qué decirte después de tantos años. Pero los calambres le contraían el pecho y le cerraban la garganta, un calor corrosivo le subía desde la boca del estómago. Nomás una siesta, Jorge.
Un sopor lo envolvía por fin. Se sentía ligero, flotando en un aire denso. Lo consoló un alivio húmedo como las manos de Martita que nunca había sentido sobre su frente.
Entonces pudo ver claramente el agujero rojo y espeso a la altura del vientre, el cuchillo en el piso, a su lado, y las zapatillas blancas de Jorge alejándose despacio y sin una sola mancha. Eran casi las cinco, la siesta llegaba a su fin.