18 ene. 2010

Por no mostrar la hilacha

Martes, 9.15hs. ANSES

-¡79! ¡¡¡…79!!!
Una mujer de unos setenta años, abandona su asiento con dificultad y se apresura hacia el escritorio número cinco frente al cual vuelve a sentarse con dificultad.
- Digamé señora, ¿qué problema tiene?
- Mire señorita, hace tres horas que estoy esperando que me atiendan, ¡a las seis de la mañana vine yo, señorita! ¡Una hora en la puerta me tuvieron, con este frío…! ¡A usted le parece!
- El ANSES abre a las siete señora. ¿Por qué asunto es?
- ¡Esto es inhumano, pero ustedes qué se creen! ¡¿Qué somos nosotros, eh?!
- Hay gente esperando, señora, ¿por qué no me dice qué problema tiene, por favor?
- ¡Claro, ahora se quiere apurar para irse más temprano…! ¡Acá son todos iguales, unos vagos, no quieren laburar! Tratan a la gente como basura, se creen que uno no tiene problemas, lo pisotean a uno, ¡pero ustedes quiénes se creen que son…!

La perorata viene para largo. No sé si matarla o ponerme a llorar con ella. Así que me rindo, me evado, no los escucho más por un rato. A los pobres, digo, a los viejos, a los viudos y viudas, a los huérfanos y huérfanas que vienen cada mañana en periplo por sus jubilaciones o sus pensiones roñosas. Cómo pueden creer que yo, que soy más infeliz que ellos, les voy a solucionar sus problemas. Yo, que me la paso escuchando toda esta mierda sin poder hacer nada, que duermo cuatro horas por noche y porque tomo pastillas.
Qué alivio sería poder decirles que se vayan, que no pierdan tiempo, que no les vamos a resolver nada y que sus vidas van a seguir siendo igual de miserables. Que se ahorren la cola.
Cuánto más sencillo sería todo si no tuviéramos que mentirnos para mantener este equilibrio de mierda. Por fin, podríamos decirnos todas esas cosas que por miedo o por buenos modales nos callamos. Qué placer mirar al hijo de puta del jefe a la cara y decirle que tiene mal aliento y que para hablarme no hace falta que se acerque a  menos de cincuenta centímetros; decirle vieja chota a cada vieja chota que se cruce en mi camino con la intención de cagarme el día; explicarle a la vecina que cada tarde pretende contarme su vida y conocer  detalles de la mía que amigas no somos y que con un “buen día” basta y sobra.
Sí, sería refrescante y liberador. Pero… ¿por cuánto tiempo? ¿Cómo parar esa bola de nieve una vez que se hubiera echado a andar? Semejante sarta de impulsos desatados terminaría, seguramente, trayendo complicaciones: el mal gusto se volvería moneda corriente, las obscenidades de todo tipo se tornarían cotidianas y, sobre todo, públicas. De tanto mostrar la hilacha, nos volveríamos cada vez menos atractivos para los demás. Evitaríamos el contacto para zafar de la vergüenza y el mal rato. Perderíamos la paciencia, el interés por el otro, la compasión, el amor. ¿Y qué pasaría si se extinguiera el amor?


-Bueno señora, quédese tranquila. A ver, páseme esos papeles. Vamos a ver qué problema tiene.

7 comentarios:

El Gaucho Santillán dijo...

Pero querida! te estàs olvidando de un recurso ELEMENTAL!!!

Tenès que poner las manos en jarra, las piernas un poco separadas, y gritar:

¡ATRÀAS! ATRAAAAAS!!!

(y si no hacè como yo. Hice un curso de "asesino serial mental, de gente rompepelotas", que me ha dado muchas satisfacciones.)

Nicolás Aimetti dijo...

Tendría que haber al menos un día, una especie de carnaval ecuménico, en donde todos se saquen la careta por un rato, a ver que pasa.

Anónimo dijo...

Ay, ay, ay... las veces que se nos cruzan esas cosas por la cabeza!!
Muy bueno.
Caro.-

Natalia M. dijo...

Muy cierto Gaucho. ¡Qué gran personaje! Lo había olvidado, creo que esa sería la versión colapsada de mi personaje más bien culposo.

Natalia M. dijo...

Sí Nico! Voto por ese día! Ahora bien, me cuesta imaginarme serían los días siguientes al sincericidio. Algo así como una gran resaca. Besos

Natalia M. dijo...

Qué bueno que hayas pasado Caro! Besos

Nicolás Aimetti dijo...

Qué buena palabra esa!!! Sincericidio! Es genial, nunca la había escuchado!
Sí, seria una gran resaca imagino, es interesante el tema.
Besos.