4 ene. 2010

Una siesta de verano

El dolor no le permitía concentrarse. La discusión había durado horas y los insultos de Jorge se le desvanecían entre las puntadas en el estómago y un extenuamiento súbito. De repente, no veía más que la punta de sus zapatos y una mancha opaca bajando sobre los mocasines recién lustrados. El resto era borroso: entre sus ojos y sus pies se abría un hueco como una pregunta. La voz desencajada de Jorge le llegaba ahora atenuada por las náuseas y el mareo. Hubiera querido explicarle de nuevo que nunca habían pretendido lastimarlo así, que había sido todo un desatino. La Martita y él. Un gran error, una sola siesta de verano. Y, sin embargo, inevitable. Nunca quisimos. Si ya sabés cómo te adoraba Martita. Y yo…hermano, qué decirte después de tantos años. Pero los calambres le contraían el pecho y le cerraban la garganta, un calor corrosivo le subía desde la boca del estómago. Nomás una siesta, Jorge.
Un sopor lo envolvía por fin. Se sentía ligero, flotando en un aire denso. Lo consoló un alivio húmedo como las manos de Martita que nunca había sentido sobre su frente.
Entonces pudo ver claramente el agujero rojo y espeso a la altura del vientre, el cuchillo en el piso, a su lado, y las zapatillas blancas de Jorge alejándose despacio y sin una sola mancha. Eran casi las cinco, la siesta llegaba a su fin.

6 comentarios:

Nicolás Aimetti dijo...

Me gusta como quedó, sí sí.
Saludos.

Natalia M. dijo...

Tus sugerencias fueron muy buenas gracias!

El Gaucho Santillán dijo...

Que buen relato! Me gustò mucho.

Agradezco tu paso por mi casa.

Te pongo un link.

Saludos!!

Natalia M. dijo...

Gracias Gaucho, me alegra que te haya gustado.
Y se devuelve la gentileza.
Saludos!

salvadorpliego dijo...

Tremendo el cierre y bueno.

Un placer leerte.

Natalia M. dijo...

Salvador: ¡gracias por la lectura y el comentario! Saludos!