8 feb. 2010

Por trescientos metros

Adela siempre soñó con ganar la lotería o el Quini. Tan cerca estuvo aquella vez que salió el 2345. Por dos números erró. Lo que Adela nunca había imaginado era que una mañana de enero encontraría setenta mil pesos olvidados, en un cajero automático, a tres cuadras de su casa. Que estarían allí como si hubieran sido suyos, pero un poco desplazados del radio de su legítima propiedad, casi suyos si no hubiera sido por trescientos metros.
Había salido, ese martes, temprano como de costumbre para hacer las compras antes que la mayoría de sus vecinos y ahorrarse la espera en el mercado. Pasó, en el orden habitual, por la verdulería, la fiambrería y el supermercado, y volvió caminando sin apuro. Tenía tiempo de sobra para llegar a su casa y preparar la colita de cuadril con papas que iba a cocinar ese mediodía. Al pasar por calle Angostura, a mitad de cuadra, se detuvo, frente a la vidriera de la zapatería, a mirar el precio de unas sandalias rojas que ya tenía vistas pero que encontraba difíciles de combinar y, además, ahora que conocía el precio, bastante costosas. Antes de ponerse nuevamente en marcha y, mientras pensaba en el valor de los zapatos, reparó en el Banelco justo al lado de la zapatería. Fue entonces cuando advirtió la bolsa negra de plástico, apoyada sobre la tabla de madera pegada a la máquina distribuidora de dinero. El tiempo libre y la curiosidad la invitaron a entrar. Espió, sin dudarlo, el contenido de la bolsa y, naturalmente, encontró dinero. Una vez más, no lo dudó: hundió el paquete en el carrito de las compras y se dirigió a su casa, ahora sí, apurando el paso.
En menos de cinco minutos estaba encerrada en su habitación con toda la plata desparramada sobre el acolchado. Billetes de diez, de veinte, de cincuenta y de cien. Setenta mil pesos en total, estuvo un rato para contarlos. Ninguna identificación del propietario, aunque hubiera sido sencillo devolverlos al banco. Tan fácil desprenderse de ellos ahora que estaban arriba de su cama y no había margen de error.
Los ocultó bien al fondo, en el canasto de la ropa sucia, y por fin se decidió a preparar la carne al horno con papas.
Esa tarde, esperó a Vicente con la comida servida, como siempre, y la sorpresa de haber ganado una cifra exuberante jugando a la quiniela. El hombre, venía cansado y con un apetito canino; le preguntó, solamente, cuánto había ganado y cuánto cobraban de comisión los de la agencia de lotería. Se alegró al escuchar ambas respuestas. Ella descorchó un Fresita que había salido a comprar mientras la carne estaba en el horno y brindaron con ilusión, mirándose a los ojos. 

El miércoles, durante una salida al centro para ver electrodomésticos, Adela estrenó las sandalias rojas junto con vestido y cartera haciendo juego.
El jueves recibió, en su casa, la heladera con freezer. El viernes llegó la cocina nueva. Hubo que esperar hasta el lunes la entrega del colchón de resortes.
El martes, cuando se cumplía una semana del feliz hallazgo, un encuentro temido la sorprendió, entre las góndolas del supermercado Estrella, en el sector de los congelados:
- ¡Vos sos la chorra!
- ¿Perdón señor…?
- ¡Vos te llevaste la guita del banco! ¡Sos vos! ¡Te tenemos filmada por las cámaras de seguridad! ¡¡¡Sos vos!!!
- Disculpe señor, usted está confundido, no sé de qué me está hablando. ¡Cualquier barbaridad está diciendo…! Permiso…
- Mirá, vos hacete la boluda si querés, pero ya estás fichada. Vas a tener que devolver la plata.
El desconocido, de unos 35 años, vestido de traje azul marino, fue terminante. Adela sintió que un frío le recorría el cuerpo pero, mostrando seguridad, enfiló hacia adelante, dio unos pocos pasos y dobló en la esquina del café y las infusiones, donde dejó el changuito a un lado para después abandonar el local, raudamente.

Otra vez en su casa, sentada sobre el colchón nuevo -todavía envuelto en el nylon protector, blando como deben ser las nubes, caro como el oro- con los hombros caídos y las manos apoyadas sobre las rodillas, Adela mira el canasto de mimbre y piensa en la Orbis plateada con quemadores de alto rendimiento y aislación térmica optimizada que sólo pudo usar una vez: pollo a la mostaza; la Whirlpool con descongelamiento automático, sistema No Frost y anaqueles de gran capacidad que todavía no alcanzó a llenar; el 2343 que nunca salió; las sandalias que no llegó a domar; los cincuenta y ocho mil pesos que quedan en la bolsa; el autito para Vicente; los doce mil que se gastó; el hombre de traje azul; la quiniela; el marido que llegará en un rato.
En ese momento suena el timbre, es raro, nadie los visita jamás a esta hora, todo el mundo sabe que Vicente trabaja y que ella está en el mercado, haciendo las compras.

9 comentarios:

MariaCe dijo...

Tendrían que habilitar un diccionario de sinónimos de "buenísimo", porque termina siendo fastidioso para una no encontrar terminología apropiada para contar cuánto nos gustó algo, si siempre nos gusta lo que encontramos.

Me tienen gratamente sorprendida tu ingenio, tu buena narrativa, lo prolífico de tu buena prosa. Tu blog ha sido uno de los mejores hallazgos en lo que va del año.

El Gaucho Santillán dijo...

Està muy bien relatado, y el final es estupendo.

Me parece que esta es una historia real, no sè porquè.

Me gustò, mucho.

Te dejo un abrazo.

Natalia M. dijo...

MaríaCe: También me haría falta una nueva palabra para agradecerte, una vez más, tus comentarios tan generosos! Me alegran sinceramente.

Natalia M. dijo...

¡Gracias Gaucho!, tu comentario me recuerda a un epígrafe que leí por ahí: "Les estoy contando historias, créanme"

Cariños!

Opin dijo...

Me encantó el relato y sobre todo la destreza de interrumpirlo en forma tan abrupta. Muy buenas herramientas de escritor.Disfruto mucho tus relatos.

Natalia M. dijo...

Gracias Opin!!!
Me alegra que hayas vuelto a pasar por aquí.

Luciana dijo...

si, si, es una historia real hasta donde yo sé, salió en los diarios... lo que no quita que pueda estar bien contada... bss

Nicolás Aimetti dijo...

Y bueno, duró poco, pero como dicen por ahí: Quién te quita lo bailado! Lástima que le cortaran la música tan temprano.

Muy bien narrado, todo encaja muy bien, muy real.
Mis felicitaciones!

Natalia M. dijo...

Hola Luciana, bienvenida al blog!
Hola Nico, qué bueno que te haya gustado!

Me parece fascinante la irrupción de lo real en la ficción y la irrupción de la ficción en lo real: hasta dónde se produce una y otra cosa, prefiero dejarlo librado a la imaginación del lector.

Gracias por pasar!