1 may. 2010

Aradura


 

Si atajo ésta, la próxima vez, juego seguro. Es fácil, Rubio viene adelante solo y para gambetear es bastante flojo. Ya lo tengo estudiado: si lo obligo a cambiar de dirección se abatata. Y Gómez, a esta altura, no lo alcanza ni loco, mirale la cara de desencajado que tiene, el pobre, todavía se cree que llega… Rosso se agarra la cabeza porque sabe. Si Gómez no lo para, esto queda entre Rubio y yo. Otra vez, entre nosotros dos. Acá estoy bien, o no, un poco más a la derecha, ahora sí… Estoy listo, vení.

Rubio se acerca al área chica. Desde la otra punta de la cancha Rosso grita desesperado:
-   ¡Y el Turco dónde se metió! ¡Atajalo Gómez! ¡Metele que no hay nadie en el arco, dale Flaco!
Pero Rubio está casi dentro. Recién ahí advierte a Manso plantado delante suyo:
- ¡Correte Gordo, no ves que estás parado en el medio de la cancha!, le escupe, mientras avanza y se acomoda para patear. La muleta del gordo Manso le impacta justo en la rodilla derecha. Por fin llega Gómez y desvía la pelota hacia fuera. El equipo de Rosso festeja aliviado, mientras los otros dos permanecen en el piso mirándose con bronca. Rubio aprieta los dientes para no llorar como lloró Manso, con ojos de perro herido, el día del accidente. El Gordo no lo puede evitar y rompe en lágrimas, otra vez.  


Producido en el taller

5 comentarios:

leandro molins dijo...

esta bueno, entristese.
Saludos.

Natalia M. dijo...

hola leandro, gracias por pasar y bienvenido!

El Gaucho Santillán dijo...

Muy bien escrito. Muy real. Muy triste.

Un abrazo

Natalia M. dijo...

Cosas de la vida y la literatura... Gracias por pasar Gaucho.

Cariños!

Nicolás Aimetti dijo...

Bien merecido el muletazo que recibió Rubio! Nunca hay que subestimar a un hombre en muletas, decía Stevenson cuando escribió La Isla del Tesoro.
Abrazo, Na!