23 may. 2010

Historia inconclusa

El primer libro que me fascinó  nunca estuvo en mi biblioteca. Yo tendría nueve o diez años y algunas tardes, después de la escuela, solía ir a jugar a casa de mis amigas. Me gustaba, particularmente, visitar a Malena. Sus padres tenían tantos libros que había incluso una gran biblioteca en la habitación de mi compañera de colegio. Un libro de lomo ancho y encuadernado de cuero azul atraía mi atención. El título escrito en francés, idioma que conocía ya un poco, cautivaba mi curiosidad: Papillon. Cada vez que Malena me invitaba a su casa, yo aprovechaba para leer una parte de aquella novela, aguantando sus reproches hasta el momento en que, indignada por mi indiferencia, la niña me acusaba con su madre de revisar y toquetear sus libros en lugar de jugar con ella: al fin y al cabo, para eso estaba yo allí. Después de un tiempo, no me invitaron más, cosa que no lamenté mucho salvo porque nunca llegué a leer el final de aquella historia.

3 comentarios:

El Gaucho Santillán dijo...

jajajajajajaja!!!! Tenìas que cumplir tu papel!!!

Lindo recuerdo.

un abrazo.

Nicolás Aimetti dijo...

A mi me pasa eso cuando voy de mis viejos, que agarro un libro y me pongo a leer. Algún día se van a cansar y dejar de invitarme.
Muy bueno, besos.

Lunatic dijo...

Con ligeras variaciones, aplica la meditación de Proust: "Quizás no hay días de nuestra infancia tan plenamente vividos como aquellos que creíamos haber dejado sin vivir, aquellos que pasamos con nuestro libro predilecto."