22 feb. 2010

Como una brisa de muerte

Lo encontraron muerto en la piecita de calle San Juan y, sin embargo, olía a verano, a caricia de jazmín.
Comenzaron entonces los problemas en la pensión. Naturalmente, no es sencillo imaginar a la muerte oliendo a fresco, a colonia de bebé, a rocío sobre las calas – y debe entenderse bien que el olor no emanaba de las flores sino del muerto. Este hecho simple y peculiar bastó para incomodar a la vecindad entera, pero un fenómeno más extraño aún vino a causarles el espanto que los transformó para siempre. Cada uno de ellos, e incluso Celina que era la más vieja del conventillo, portaba en su cuerpo la brisa floral del finado. Cosa absurda pero no por eso menos cierta: los cinco inquilinos que se contaban aún del lado de los vivos y el mismísimo propietario de la pensión desprendían el perfume del muerto.
Se reconfortaron unos a otros, durante el tiempo que duró el velorio, amparados por la presencia del difunto y la enorme cantidad de flores que disimulaban la desgracia compartida, convencidos de que todo terminaría una vez el entierro consumado.
Cuando llegó el momento, los cocheros se llevaron el féretro y a unos pocos parientes que lo acompañaron en su recorrido final. Los vecinos lo despidieron, desde la vereda, agitando las manos en señal de adiós, mientras el vehículo se alejaba. Después corrieron a abrir todas las ventanas para ventilar la casona. Pero el olor se quedó allí. No por un día o dos, sino que se quedó. 
Contaba doña Cecilia que, en el almacén de Mitre y Mendoza, ya le habían halagado varias veces el perfume nuevo y la habían interrogado sobre su origen; se quejaba Sandro de tener que soportar las cargadas de sus compañeros por usar una fragancia femenina; notaba Romina que los obreros de la construcción la piropeaban todavía más que antes, lo que es mucho decir; se lo veía nervioso sobre todo al señor Paredes, preocupado por la amenaza de varios inquilinos de dejar la pensión si no se resolvía el tema del olor a muerto.
La situación se hacía insostenible por lo que decidieron, como primera medida, averiguar si el fenómeno se había producido en otros sitios. Bastaría para ello con asistir, discretamente, a unos cuantos funerales en la zona, a modo de muestreo. La tarea no resultó completamente efectiva puesto que la nariz más joven estaba resfriada y no hubo más remedio que confiar en Susana quien, a pesar de sus limitaciones, completó dignamente la misión. Estuvieron pronto seguros de ser los únicos en padecer el mal del olor a muerte. Según los datos arrojados por Susana, en la totalidad de las ceremonias escudriñadas, el tufo fúnebre se impregnaba en todos los asistentes excepto en ella misma quien se retiraba siempre airosa y oliendo a quinceañera.
Hubo que pensar en otra cosa. Se les ocurrió que quizás la fuente del problema había permanecido en la pensión, que era necesario exorcizarla mediante una limpieza más profunda y radical que le devolviera a ese hecho de muerte el hedor que le habría sido propio en condiciones normales. Se afanaron en recuperarlo y traerlo de vuelta de manera de poner las cosas en su sitio y poder seguir así con el curso de sus vidas ordinarias. Buscaron en las cloacas, en los baños públicos, en los cementerios, en el congreso municipal y hubo hasta quienes buscaron en sus propias almas. Mas los intentos fueron vanos, no hallaron nada.
Al cabo de un tiempo, los inquilinos terminaron por mudarse y Paredes vendió la pensión. Pero el olor los seguía donde fueran y, a fuerza de sobrevivir, el extraño padecimiento comenzó a mutar volviéndose contagioso.
Doña Cecilia ya no hallaba donde realizar sus compras puesto que, amablemente, le pedían que se retirase de los comercios para no incomodar a la clientela; Sandro perdió su trabajo y se presentó a cientos de entrevistas laborales que jamás superaron los cinco minutos y un obligado “Muchas gracias, cualquier cosa lo llamamos”; Romina intentó, inútilmente, recobrar su encanto natural gastando fortunas en perfumes, maquillajes y prendas llamativas, no obstante, sus caderas se balanceaban sin gracia al son del silencio; Paredes compró una pensión más chica y mejor ubicada y aún así terminó embargado por no pagar sus impuestos a falta de arrendatarios que le permitieran sostenerla.
Solos y excluidos en su infortunio, volvieron con el tiempo a reunirse. Terminaron hacinados en una casita de chapa lejos, muy lejos del centro y de calle San Juan. Aprendieron a disimularse entre la gente común. De hecho, ya casi no llaman la atención. Se han vuelto invisibles, salvo por el olor. Ese olor tan contundente, a primavera, que desprende el metal, a ciertas horas, cuando se calienta al sol.

8 feb. 2010

Por trescientos metros

Adela siempre soñó con ganar la lotería o el Quini. Tan cerca estuvo aquella vez que salió el 2345. Por dos números erró. Lo que Adela nunca había imaginado era que una mañana de enero encontraría setenta mil pesos olvidados, en un cajero automático, a tres cuadras de su casa. Que estarían allí como si hubieran sido suyos, pero un poco desplazados del radio de su legítima propiedad, casi suyos si no hubiera sido por trescientos metros.
Había salido, ese martes, temprano como de costumbre para hacer las compras antes que la mayoría de sus vecinos y ahorrarse la espera en el mercado. Pasó, en el orden habitual, por la verdulería, la fiambrería y el supermercado, y volvió caminando sin apuro. Tenía tiempo de sobra para llegar a su casa y preparar la colita de cuadril con papas que iba a cocinar ese mediodía. Al pasar por calle Angostura, a mitad de cuadra, se detuvo, frente a la vidriera de la zapatería, a mirar el precio de unas sandalias rojas que ya tenía vistas pero que encontraba difíciles de combinar y, además, ahora que conocía el precio, bastante costosas. Antes de ponerse nuevamente en marcha y, mientras pensaba en el valor de los zapatos, reparó en el Banelco justo al lado de la zapatería. Fue entonces cuando advirtió la bolsa negra de plástico, apoyada sobre la tabla de madera pegada a la máquina distribuidora de dinero. El tiempo libre y la curiosidad la invitaron a entrar. Espió, sin dudarlo, el contenido de la bolsa y, naturalmente, encontró dinero. Una vez más, no lo dudó: hundió el paquete en el carrito de las compras y se dirigió a su casa, ahora sí, apurando el paso.
En menos de cinco minutos estaba encerrada en su habitación con toda la plata desparramada sobre el acolchado. Billetes de diez, de veinte, de cincuenta y de cien. Setenta mil pesos en total, estuvo un rato para contarlos. Ninguna identificación del propietario, aunque hubiera sido sencillo devolverlos al banco. Tan fácil desprenderse de ellos ahora que estaban arriba de su cama y no había margen de error.
Los ocultó bien al fondo, en el canasto de la ropa sucia, y por fin se decidió a preparar la carne al horno con papas.
Esa tarde, esperó a Vicente con la comida servida, como siempre, y la sorpresa de haber ganado una cifra exuberante jugando a la quiniela. El hombre, venía cansado y con un apetito canino; le preguntó, solamente, cuánto había ganado y cuánto cobraban de comisión los de la agencia de lotería. Se alegró al escuchar ambas respuestas. Ella descorchó un Fresita que había salido a comprar mientras la carne estaba en el horno y brindaron con ilusión, mirándose a los ojos. 

El miércoles, durante una salida al centro para ver electrodomésticos, Adela estrenó las sandalias rojas junto con vestido y cartera haciendo juego.
El jueves recibió, en su casa, la heladera con freezer. El viernes llegó la cocina nueva. Hubo que esperar hasta el lunes la entrega del colchón de resortes.
El martes, cuando se cumplía una semana del feliz hallazgo, un encuentro temido la sorprendió, entre las góndolas del supermercado Estrella, en el sector de los congelados:
- ¡Vos sos la chorra!
- ¿Perdón señor…?
- ¡Vos te llevaste la guita del banco! ¡Sos vos! ¡Te tenemos filmada por las cámaras de seguridad! ¡¡¡Sos vos!!!
- Disculpe señor, usted está confundido, no sé de qué me está hablando. ¡Cualquier barbaridad está diciendo…! Permiso…
- Mirá, vos hacete la boluda si querés, pero ya estás fichada. Vas a tener que devolver la plata.
El desconocido, de unos 35 años, vestido de traje azul marino, fue terminante. Adela sintió que un frío le recorría el cuerpo pero, mostrando seguridad, enfiló hacia adelante, dio unos pocos pasos y dobló en la esquina del café y las infusiones, donde dejó el changuito a un lado para después abandonar el local, raudamente.

Otra vez en su casa, sentada sobre el colchón nuevo -todavía envuelto en el nylon protector, blando como deben ser las nubes, caro como el oro- con los hombros caídos y las manos apoyadas sobre las rodillas, Adela mira el canasto de mimbre y piensa en la Orbis plateada con quemadores de alto rendimiento y aislación térmica optimizada que sólo pudo usar una vez: pollo a la mostaza; la Whirlpool con descongelamiento automático, sistema No Frost y anaqueles de gran capacidad que todavía no alcanzó a llenar; el 2343 que nunca salió; las sandalias que no llegó a domar; los cincuenta y ocho mil pesos que quedan en la bolsa; el autito para Vicente; los doce mil que se gastó; el hombre de traje azul; la quiniela; el marido que llegará en un rato.
En ese momento suena el timbre, es raro, nadie los visita jamás a esta hora, todo el mundo sabe que Vicente trabaja y que ella está en el mercado, haciendo las compras.

1 feb. 2010

Un instante después

El día había sido largo. La discusión había por fin cesado y el silencio de la ruta de noche me traía algo de calma. Creo que parpadeé dos o tres veces antes de decidir pasarle el auto a Rodrigo y descansar un rato. Me dormí. Soñé que viajábamos en tren. Íbamos callados, pero algo nos urgía. El paisaje avanzaba como imágenes diapositivas a través de las diminutas ventanillas del vagón. El movimiento fragmentado del tren aumentaba la sensación de prisa y angustia. Llegamos a una estación atiborrada de gente. La terminal ferroviaria era un laberinto de pequeños puestos de comidas y chucherías entre los que corríamos como ratas buscando la salida. Un único acceso permitía salir de allí. Pero nadie se atrevía a traspasarlo: desde el otro lado de la calle, una muchedumbre enardecida lanzaba piedras hacia la puerta. El asfalto estaba regado de cuerpos heridos que no eran socorridos por nadie y que seguían siendo atacados por la persistente lluvia de cascotazos. Sin saber qué hacer, observábamos el espectáculo, paralizados. Inesperadamente, tomé impulso y me animé a dar el primer paso bajo la pedrada.
Un sacudón violento me despertó, apenas entreabrí los ojos, vi a Rodrigo, sentado en el asiento del acompañante e inclinado hacia delante, tenía los ojos cerrados y un hilo de sangre le bajaba desde la sien izquierda. Me sentí mareada. Pensé en nuestros hijos durmiendo en su habitación. Llegar donde ellos, esa era la urgencia. Sigo dormida, recuerdo haber pensado. Y cerré los ojos para volver al sueño y terminar de cruzar la calle, continuar nuestro camino.

En medio de la noche vacía, el auto descansó, a un lado de la banquina, hasta que la luz del día lo hizo visible.