8 mar. 2010

Círculo de agua

Soy el caminante de la obscenidad festiva pero, por supuesto, ese no es mi nombre. Esta mañana he acabado con la Bestia. Y lo he hecho de tal modo que no ha quedado en la nieve ninguna marca suya, ningún rastro de su existencia monstruosa ni de la del  asesino, que soy yo.
En esta época del año, los zoológicos de Paris suelen colmarse irremediablemente de nieve y son buenos delatores del corazón, sin embargo, han tenido piedad de la Bestia y me han hecho cómplice del pacto de silencio que santifica su nombre. Y así como la maté, ahora profano ese nombre santo. Está en mi naturaleza traicionera.
El revólver no era para mí, lo encontré por azar en una vieja armería de la rue de Lyon y me pareció un bello regalo para la colección de Andrés; pero luego no pude resistirme y compré tres municiones. Dos están ahora bajo la nieve.
La Bestia murió y la ciudad sigue siendo la misma, ya ni siquiera la tengo a ella y he perdido la esperanza de que fuera su culpa. Ha muerto la mujer con pieles que abrigaba mis mañanas. Y todavía me queda una bala.
Hacía tiempo habíamos sido felices, nos gustaba comer carne vacuna que más tarde  habrían de devorar las moscas. Dos cerdos felices habíamos sido. Pero las cosas se marchitaban de a poco, y cuando los insectos carnívoros comenzaron a saborear también mi cuerpo cada vez que hacíamos el amor, supe que se le estaba pudriendo el corazón irreversiblemente y comprendí su destino que era perecer en la nieve. Pues nadie tan digno como ella de sentir, en su último respiro, la pureza. No obstante, no lo planeé. La meticulosa casualidad con que se sucedieron los hechos prueba que no miento, todo estaba trazado providencialmente, sólo debía actuar siguiendo la inocencia de mis sentidos.
Como tantas veces, me encontraba perdido en esa maraña de calles tan hermosas que tiene Paris en invierno cuando di, nuevamente, con la armería donde horas antes había adquirido el revólver. Hombres ensimismados entraban y salían de allí y de los locales vecinos con premura, como escapando de antemano a lo inevitable. La carne rojiza resplandecía en las vidrieras lujosas de aquella ciudad. Y esas masas jugosas que desbordaban las bandejas de metal reluciente parecían haberse desplazado al rostro de aquellos hombres vacilantes a mi alrededor. Entré y compré las tres balas plateadas.
Una noche después estaba junto a ella y el arma continuaba descargada en un hermoso paquete azul destinado a Andrés. Me pidió que la acompañase a lo de Mersault, vayamos  por el  parque, pidió, es más corto. Yo pensé que tenía razón pero no se lo dije. Simplemente la seguí sin comprender aún con claridad lo que me suplicaba. Era una clara mañana de enero, como el frío de un cuchillo. Atravesamos en silencio el Bois de Vincennes, atontados por el arrullo de la brisa sobre las ramas. Entonces ella comenzó a hablar de la tristeza que ya no la abandonaba nunca y de las noches eternas que se consumía frente a la estufa, viéndose arder en las llamas azules de nuestro viejo calefactor a kerosén. No sé cómo sucedió, las palabras se fundieron con la nieve y la nieve se volvió presagio, bálsamo blanco y aliviador. Dos o tres yonkis, que dormían en el parque, se acercaron a mirar, absortos, el espectáculo de la Bestia sobre la nieve. Tan pura y tan bella mi Bestia dormida. No hubo sangre ni tristezas, todos entendimos las razones del azar y en círculo contemplamos esa muerte.