23 may. 2010

Historia inconclusa

El primer libro que me fascinó  nunca estuvo en mi biblioteca. Yo tendría nueve o diez años y algunas tardes, después de la escuela, solía ir a jugar a casa de mis amigas. Me gustaba, particularmente, visitar a Malena. Sus padres tenían tantos libros que había incluso una gran biblioteca en la habitación de mi compañera de colegio. Un libro de lomo ancho y encuadernado de cuero azul atraía mi atención. El título escrito en francés, idioma que conocía ya un poco, cautivaba mi curiosidad: Papillon. Cada vez que Malena me invitaba a su casa, yo aprovechaba para leer una parte de aquella novela, aguantando sus reproches hasta el momento en que, indignada por mi indiferencia, la niña me acusaba con su madre de revisar y toquetear sus libros en lugar de jugar con ella: al fin y al cabo, para eso estaba yo allí. Después de un tiempo, no me invitaron más, cosa que no lamenté mucho salvo porque nunca llegué a leer el final de aquella historia.

1 may. 2010

Aradura


 

Si atajo ésta, la próxima vez, juego seguro. Es fácil, Rubio viene adelante solo y para gambetear es bastante flojo. Ya lo tengo estudiado: si lo obligo a cambiar de dirección se abatata. Y Gómez, a esta altura, no lo alcanza ni loco, mirale la cara de desencajado que tiene, el pobre, todavía se cree que llega… Rosso se agarra la cabeza porque sabe. Si Gómez no lo para, esto queda entre Rubio y yo. Otra vez, entre nosotros dos. Acá estoy bien, o no, un poco más a la derecha, ahora sí… Estoy listo, vení.

Rubio se acerca al área chica. Desde la otra punta de la cancha Rosso grita desesperado:
-   ¡Y el Turco dónde se metió! ¡Atajalo Gómez! ¡Metele que no hay nadie en el arco, dale Flaco!
Pero Rubio está casi dentro. Recién ahí advierte a Manso plantado delante suyo:
- ¡Correte Gordo, no ves que estás parado en el medio de la cancha!, le escupe, mientras avanza y se acomoda para patear. La muleta del gordo Manso le impacta justo en la rodilla derecha. Por fin llega Gómez y desvía la pelota hacia fuera. El equipo de Rosso festeja aliviado, mientras los otros dos permanecen en el piso mirándose con bronca. Rubio aprieta los dientes para no llorar como lloró Manso, con ojos de perro herido, el día del accidente. El Gordo no lo puede evitar y rompe en lágrimas, otra vez.  


Producido en el taller