26 jun. 2010

Irreversible

Plano velado

Por la rendija de la puerta entreabierta, se perciben sombras imprecisas. Afuera, la luz es más intensa y ejerce un efecto de ocultamiento sobre lo que sucede en el interior de la habitación apenas iluminada. El campo visual del observador se reduce a una línea vertical de quince centímetros de ancho. Ella y él aparecen de manera intermitente y parcial, casi sombras: un brazo, un perfil, medio cuerpo, una mano que aprieta un antebrazo. Los objetos son más difíciles de identificar, manchas borrosas. Algo que ha sido lanzado por el aire atraviesa el espacio visible. Un instante, un destello. Las voces son también discontinuas: gritos y susurros se alternan.


Irreversible

Ella se zambulle en el bolso, mete un sweater, un manojo de bombachas. Él le desvía el brazo con violencia. Varias prendas caen al piso.
- ¿Dónde carajo vas?
- Hablá más bajo, Lucas duerme.
Pide perdón, pero ella no lo escucha, recoge la ropa del suelo y la guarda en el bolso. Él se acerca y la abraza por la espalda, la rodea y apoya la cabeza sobre su hombro. Siente su perfume. Pide perdón otra vez. Ella no se detiene. Él la arroja sobre la cama. Pretende besarla en la boca, pero ella lo esquiva. Él le besa el cuello con ternura. Le acaricia las caderas. Ella no cede. Lo aleja con fuerza. Se tira al piso y se incorpora en un solo movimiento.
- Dejame ir.
- Hablemos, por favor.
Cierra el bolso y se dirige a la puerta. Él la detiene y le arranca el bolso de las manos.
-¿Adónde vas a ir con este bolso de mierda?
Ella retrocede y toma el velador encendido.
-¿Qué vas a hacer con eso? No me hagás reír.
El mango de hierro del aparato le quema un poco la palma de la mano, lo aprieta más fuerte. Él se acerca. Ella lanza un golpe al aire como previniéndole que no siga. Él avanza. Un haz de luz dibuja una trayectoria efímera entre los dos cuerpos. De repente la habitación queda completamente a oscuras. Se oye un golpe contundente y luego otro: un cuerpo que se desploma sobre el piso. Silencio y tropiezos. Él sale de la habitación y cierra la puerta.
- Lucas… ¿qué hacés acá? Andá, cambiate que te preparo la leche.

Secuela

El día que murió mamá le reventé un ojo al chueco Pereyra. En ese momento, todavía no sabía que ella había muerto. Me lo dijeron a la tarde, cuando regresé de la escuela. Si le hubiera reventado los dos quizás le habría hecho un favor. Hay cosas que es mejor no ver. Fue un arrebato, no pude calcular las consecuencias. Pereyra me venía jorobando desde hacía varios meses. Que tenía ojos de sapo me decía. La semana anterior me había metido un sapo muerto en la mochila. Mi mamá lo había descubierto a la noche por el tufo que emanaba del bolso.
La onomatopeya repetida al oído, mientras la maestra no veía, me volvió loco. Croac. Croac. Estallé. Le clavé el lápiz en medio del iris. No sé de dónde saqué la fuerza. Gritaba como un condenado. Y sangraba muchísimo. Lo dejé medio ciego con un sin fin de cirugías, post-operatorios, tratamientos de por vida y, lo peor de todo, el esfuerzo y la esperanza de mantener sano el ojo que todavía servía. Le cagué la vida. Pobre Pereyra.
Ese también fue el día en que vi por última vez a mi padre. Esa mañana, mamá y él habían discutido a los gritos. Algo pude ver y escuchar a través de la puerta entreabierta. Pero no recuerdo nada con claridad. Excepto el momento en que la habitación quedó a oscuras. Todo terminó con un apagón y un golpe sin eco que aún hoy retumba dentro de mí. Me quedó esa negrura grabada en el iris como la mancha blanca en el ojo del chueco. Infinito punto ciego. Después de un silencio breve mi padre salió de la habitación con el rostro desfigurado y cerró la puerta de inmediato. Me preparó el desayuno y me llevó al colegio. Nos despedimos como todos los días. Antes de bajarme del auto me detuve un segundo y lo miré a los ojos. Entonces lo vi, él también llevaba esa marca en las pupilas. Dilatadas, a pesar de la luz, ya inmersas en su propia noche perpetua.  

6 jun. 2010

Una cerda

Una cerda

Se hacen los indiferentes y se les nota a la legua cómo desvían la mirada con asco, ¡cómo si fueran tan modositos ellos agarrando las empanadas con una servilleta de papel mientras, por abajo, chorrea la grasa y dejan todo hecho un chiquero! ¡Y todavía me miran como si la cerda fuera yo! Da igual, que piensen lo que quieran. Hace años que me aguanto a todos éstos y a la otra, sobre todo a ella. No veo la hora que llegue y me vea comiendo así. Quizás, hasta tengo suerte y le da un patatús acá nomás. Como la tarde que me sorprendió con Ernesto. Se hacía la dormida la muy turra. Casi revienta. Ojalá se hubiera terminado todo ese día. Treinta Lemon pie me hizo preparar para esta fiesta de mierda, tres días encerrada en la cocina mientras Ernesto se me iba con la Romi. Pobre Ernesto, hace tanto que me espera. Si el viernes le hubiera dicho que sí, quizás ahora estaría acá, conmigo, o mejor aún, estaríamos los dos juntos en otra parte, lejos de esta mugre. Si estuviera papá esto no habría pasado, él habría entendido. Pero ella no. No quiere. Yo me tendría que haber ido con Ernesto, siempre tan bueno conmigo y tan paciente.
La cara que va a poner cuando se dé cuenta que me fui sin ella, cuando me llame para que le alcance la toalla y nadie responda. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que se decida a atravesar la losa helada y buscarla ella misma? ¿Se vestirá primero o me buscará por toda la casa, empapada, salpicando el piso de parquet? Pero, ¿y si no logra subir a la silla? No, no creo. Tiene alma de milico, no se va a quedar tirada y a los gritos. Va a alcanzar la silla y se va a subir. Es capaz de eso y mucho más.
¿Todavía estaré a tiempo con Ernesto? La Romi es para pasar el rato, él me quiere a mí y me quiere bien. Papá hubiese pensado lo mismo. Él también me quería. Si lo voy a buscar y ve que me animé, en una de esas, recapacita y me lleva a Rosario con él. ¿Qué hago acá esperándola? Yo me mando a mudar.
Pero, ¿y si no alcanza la silla? Después de todo es una pobre mujer. ¿Dónde se la habré dejado? Por más que hago memoria, no me acuerdo. Si no tiene un punto firme de donde sostenerse no quizás no pueda…
Esperame, por favor, Ernesto. Esperame un poco más.


Mamushka 

Se hizo tarde y empezamos sin Helena. Ya eran más de las diez y teníamos hambre, sobre todo Griselda. Ni bien nos sentamos se lanzó sobre la panera y la acaparó sin ninguna delicadeza. Hundió los panes, uno a uno, en el chimichurri mientras mirábamos para otro lado porque nos daba vergüenza ajena verla comer así, justamente a ella que era una chica tan recatada. En el barrio, era famosa por su lemon pie, receta casera heredada de su madre. La verdad es que ella y su mamá se parecían bastante, las dos de figura redonda, siempre prolijas y sonrientes como dos muñequitas rusas.
La noche avanzaba y Helena no llegaba, cosa bastante rara porque ella jamás se perdía una comida de la vecinal y, fundamentalmente, porque pocas veces dejaba salir sola a Griselda.
Nieve y heladas era el pronóstico de la radio para las próximas horas. Pero en el salón vecinal el chamamé y el vino tinto elevaban la temperatura hasta volverla sofocante.
Cuando llegó el patrullero, el aire se heló de golpe, desde la ventana vimos que el comisario venía sentado en el asiento trasero junto con Helena que lloraba desconsolada. Descendió solo del vehículo y preguntó si alguien había visto a Griselda esa noche. Todos nos miramos desconcertados, buscándola, entre nosotros. Pero nadie la vio, fue como si se hubiera esfumado. Minutos después supimos por el comisario que alguien había encontrado su cuerpo sin vida, a pocos metros de allí, y que estaban intentando descubrir qué había pasado.
Del chimichurri nadie se atrevió a decir una palabra, no por espanto sino por pudor: a todos nos pareció justo brindarle ese último y, quizás, único momento de libertad a la pobre Griselda.