10 sept. 2010

Pitufa

Recuerdo bien el día en que trajeron a Pitufa. Estábamos merendando y de repente mamá nos indicó que mirásemos hacia abajo. Allí estaba ella: una bolita de pelo negro enrollada sobre sí, debajo de la mesa de la cocina. Naturalmente, me asusté a pesar del entusiasmo de toda la familia. Era una cachorra de dos meses pero ya tenía el porte de un animal grandote, de contextura fuerte y ojos bonachones. Enseguida se ganó mi confianza, sin embargo, nunca me animé a cargarla.
Años más tarde, encontrándome yo muy lejos, me enteraba de la muerte de Pitufa por una carta de mamá, simple y desgarradora, como son esos grandes dolores hundidos en lo cotidiano.