26 oct. 2011

Todos los colores se unen en el blanco

.
Desmenuza los detalles del crimen
con la pericia de un especialista.
Una nariz arquitectónica le divide la cara en dos. 
Revuelvo el café, aspiro el perfume.
La Virginia Blend Italiano. No lo tienen en todos lados.
Doy vuelta a la página. La culpa es de los bancos.
Las chicas de la mesa de al lado no miran Todo Noticias.
Ella está mal porque se quiso enganchar al tipo con un/ embarazo,
pero él se quedó con otra novia. ¿Qué computadora
me podría complementar mejor en el trabajo?
Negocio digital. 611. Bienvenido a Movistar.
Pulse el número de la opción deseada. Pronóstico del tiempo:
una locutora rubia delante de un vidrio llovido.
Paso una, dos y tres de un tirón. Chapelco Ski Resort.
Dice azul y pienso en el cielo y el agua unidos,
dice nieve y pienso en el blanco envolviendo todo.
Para denunciar robo, hurto o extravío de su teléfono y
solicitar reposición, presione uno.
Nena de diez años falleció en un centro de ski, estaba de/ vacaciones
con su madre y hermano. Las chicas insisten con ella.
No sé cómo hace con los chicos. Trabaja, a la tarde va a patín…
a mí se me acumula toda la ropa en la cocina.
Baja espeso un licuado de frutas por la garganta de un hombre. 
Reciclar y renovar. Por cambio de equipo, presione dos.
Lo bajó del colectivo y murió. Mercado Tableta en expansión.
Un chofer de la línea 88 atropelló
a un joven de veinte años que según testigos
había subido sin monedas y molestaba a los pasajeros.
Empezá la mañana con alegría. Para solicitar reenvío de factura,
para realizar o informar pagos, presione tres. Qué linda la/ primavera,
las flores, el aire, los pájaros y los golazos de Freddo.
Moda con mensaje. Sofía gala porro.
Suplemento Taller literario. Arranco y guardo en el bolso.
Amarillo: taxi y Peugeot cruzan. Una chica cargada de carpetas,
avanza y retrocede.
Verde: el pibe sube al bondi. Se llamaba Mariano,
tenía veinte años esta mañana.
¿Me tirás unas cuadras, maestro? Para conocer todo
sobre números free presione cuatro.
No puedo, bajá.
Pará que pongo moneda. Pará.
Amarillo: ¿Una moneda, señora? ¿Una monedita, caballero? 
Rojo. Bajate loco.
No seá bonete. ¿Qué te cuesta?
Bajá, no te lo digo más.
Para consultar su saldo presione cinco. Es necesario
concentrarse en lo importante, la historia es lineal.
Un tipo canoso de piel curtida, al lado del semáforo, revuelve/ caramelo
para hacer praliné. Sostiene el pucho con los dedos amarillos.
Da pitadas largas a intervalos regulares. Nunca deja de revolver.
En el blanco se unen todos los colores.
¡Bajelo chofer!
¡Pará loco, qué hacés!
Bajá porque te cago a trompada.
Rojo. Empuja.
Verde. Arranca.
No da tiempo de pensar. Arranca.
Para obtener información sobre Speedy, presione seis.
El hombre canoso caramelo escucha un ruido que no conocía.
Un cuerpo se quiebra por encima del motor, la frenada,
las bocinas, la caja de cambio desgarrada.
El silencio de los pasajeros mirando por la ventanilla.
Música de espera. Para ser atendido por uno
de nuestros representantes, presione siete. Quietos
blancos pájaros suspendidos en un cable de alta tensión.

26 jun. 2011

una jaula

.
Nos quedamos
largo rato
mirando a los hamsters,
bichos asquerosos
que alguna gente considera
simpáticos.
Hasta las uñas
microscópicas
les viste.
Otra niña
se acercó
y los acarició
metiendo sus dedos
entre los barrotes.
A mi
no me dejan
tocarlos,
le dijiste sin capricho,
mientras tus ojos
seguían fijamente
el movimiento de los animalitos
dentro la jaula.

25 jun. 2011

ausencia

.
el olor en tu camisa
-no la he lavado
desde que te fuiste-
se está yendo de a poco.
no hay poema
que lo traiga de nuevo
a mí.

14 may. 2011

lejanías

.
Me abrazaste por la espalda
con fuerza,
elevándome unos centímetros del piso.
Sabía que eras vos
pero me tomaste por sorpresa, 
tenías ese rostro ajeno
de las distancias,
el cabello crecido,
la barba sin afeitar,
varios kilos menos.
Reconocí tu olor,
me hundí en el abrazo
y en la respiración
de ese beso
que me diste
con tu boca nueva.

+++

Compartíamos
una habitación
mínima
sin ventanas.
Hacía frío
pero a veces te metías en la cama
con el torso desnudo
y yo me acurrucaba sobre tu pecho.
Cubiertos hasta la cabeza
con varias frazadas
nos dormíamos.
Todavía
conservo el calor
de esas noches grises en Madrid,
de tu cuerpo
envolviéndome
en esa celda fuera del mundo. 

+++

Llovía
como llovió todo el mes de enero.
En un cine
descansamos de la clínica
y del reposo. 
La película ya había empezado,
nos instalamos en la penumbra.
Acomodé mi mejilla sobre la curva de tu cuello,
respiré el olor de tu ropa húmeda
y pensé que morirse
era extrañar para siempre
este momento.

9 abr. 2011

Gestos


Hay que hacerle un análisis al nene. Van a ser las once y el doctor todavía no llegó. No estaban seguras de la preparación para el estudio así que lo trajeron sin desayunar, por las dudas. El nene llora. Es chiquito, dos años quizás. Tiene hambre. Afuera la mañana es fresca y soleada, adentro la calefacción ahoga. El nene se tambalea sobre sus piernas inexpertas por toda la sala de espera, llorisqueando, y aterrizando cada dos o tres pasos en las piernas de su mamá o en las de su abuela. Una lo dobla en estatura y es difícil calcularle la edad. Un rostro maduro sobre un cuerpo aniñado. La otra es muy alta, alrededor de un metro setenta. Ambas corpulentas y de rasgos duros. La piel curtida y arrugada alrededor de unos ojos oscuros que insinúan juventud y fortaleza. La mirada amable. El nene tiene los cachetes húmedos, embadurnados de lágrimas y sudor mezclados con la mugre de sus manos que se lleva constantemente a la cara. Está abrigadísimo: una campera marrón de corderito, cerrada hasta arriba, un jean nevado y unas zapatillas diminutas de lona roja. Para que traspire, dice la abuela. Él se deja estar así. Se queja un poco pero sin capricho. Es buenito, explica la madre.

La abuela se pasea en círculos con una botella de Seven Up sin abrir en las manos.
- Ya va mamita, ya va, se dirige varias veces al nene con ternura. Ninguno de los tres se sienta aunque la sala de espera está vacía.
- Disculpe señorita, ¿podrá tomar algo la criatura?
La secretaria frunce los labios en señal de desconocimiento:
- Yo creo que sí porque no es de sangre. Pero espere que lo llamamos al doctor.

La abuela recuerda que, años atrás, cuando la mamá del nene tenía apenas un año de edad, tuvieron que hacerle el mismo estudio. Justo antes, hubo que darle, por indicación del doctor, una mamadera con leche caliente aunque fuera pleno enero. Para que transpirara. Lo relata dos veces mientras la secretaria llama al médico. La mamadera, la leche caliente. Era enero. El doctor dice que sí, hasta puede desayunar si quiere.

Por fin abren la Seven y la madre saca del bolso un paquete de galletitas Vocación de vainilla.
-¿Querés masita?
Se sientan los tres. Ellas conversan sobre las noticias que trasmite el canal informativo. Una mujer ofrece vender sus órganos a fin de reunir el dinero que necesita para salvar a su hija enferma. La contemplan y la escuchan absortas, llenas admiración. Si fuera necesario harían lo mismo. Sin pensarlo.

El nene come la galletita de a pequeños mordiscos que lo mantienen entretenido. Y transpira debajo de la ropa. No adivino por qué están allí. De sangre no es. Ellas siguen comentando la valentía de esa madre televisiva. Sufren ese dolor en carne propia. No coinciden con el conductor engominado de la cadena de noticias: no se trata de una acción desesperada sino de un acto de heroísmo. Desmesurado. ¿Cómo medir ese amor? ¿Cómo calificar ese gesto -de sangre-? Ellas lo comprenden sin calcular esa medida. Y sin embargo, se sienten tan lejanas a esa madre capaz de todo. ¿Qué relación podría haber entre el gesto desmedido y esos otros pequeños, más íntimos, cotidianos?

Como el recuerdo nítido de una escena ínfima: su hija, que ahora es una mujer, tenía apenas un año. La llevó al hospital para que le hicieran un análisis, entre tantos otros, como tantas veces. Era enero. Hacía calor. Le dio una mamadera con leche caliente, como tantas otras, como todos los días durante esos primeros años. Ella lo recuerda bien. Cada detalle. La humedad de esa mañana estival, el body rosa que le había puesto debajo de la camperita de algodón. El sudor, las lágrimas. Un gesto mínimo: la textura entrañable de un amor infinito. Inconmensurable.         

18 feb. 2011

Últimos movimientos

Condenado calor de diciembre. Esto va a ser un infierno, me digo, mientras camino por calle Córdoba a la altura de plaza San Martín. Suerte los árboles de Paseo del Siglo que, a esta hora, todavía dan sombra. Agradezco las fachadas de mármol, que conservan algo de frío en esta ciudad. Pero la verdadera bendición es el aire acondicionado del banco.
Consulta de saldo. Últimos movimientos. ¿Desea realizar otra operación? Quedarme un rato aquí estaría bien. Pero, no. No deseo realizar otra operación. Tampoco deseo comprar regalos navideños con treinta y cinco grados de sensación térmica y gente amontonada por todos lados. Me llevo la última bocanada de aire fresco y salgo, resignada, chequeando el ticket del saldo. Compruebo que sí me depositaron el aguinaldo pero es menos de lo que calculaba. Empiezo a hacer las cuentas mentalmente, cuando me aborda un chiquito con una familiaridad que me sorprende al punto de detenerme para prestarle atención. Me habla como si la conversación hubiera empezado antes, como si yo no estuviese saliendo del banco, ensimismada y apurando el paso. 

- Le falta la cabeza…- me lo dice tranquilo, preguntando más que avisando. Le veo en los ojos el horror de la duda.
- ¡¿Cómo?! - no entiendo de qué me habla hasta que me señala dos pichoncitos en el suelo, al lado de la puerta del Citybank, acurrucados debajo del zócalo de mármol.
- ¡No, quedate tranquilo! - lo reconforto - Tiene la cabeza escondida abajo del ala…¿ves?
Es un alivio para los dos. Justo en ese momento, el pichón saca la cabeza y comienza a piar. El otro se le suma. Imagino que perciben nuestra atención y demandan alimento, cobijo.
- ¡Ahí está, mirá! - Se tranquiliza el pibito, que recién termina de convencerse cuando ve la cabeza asomarse.

Andá a saber cómo llegaron acá, se habrán caído de alguno de los  árboles, le comento al muchachito que los sigue mirando fascinado. Noto que el comentario lo preocupa. Ahora que los sabe vivos y enteros, se da cuenta del desamparo: se cayeron del nido y necesitan alguien que los cuide. Se le ocurre que ese alguien podría ser yo: 
- ¿Te los podés llevar?
- Y no… ¿en qué me los voy a llevar?
- En las manos.

Claro… el nene tiene razón. Pero, ¿llevármelos? Imposible. Tengo cosas que hacer y no puedo andar con estos bichos encima. Además, creo que son pichones de paloma y a mí las palomas me dan asco, sin contar que trasmiten como cuarenta enfermedades. Me quedo callada y sigo mirando los pajaritos. A esta altura comprendo que el pibe también está solo y concluyo que debe mendigar o vender curitas por la zona.

- ¿Y los puedo poner acá?
- No, acá los pueden pisar. Mejor dejalos adonde están.

 - Bueno… ¡chau amigo! - me despido con torpeza. Mientras lo saludo, se entretiene acercándoles algo que hay en el piso. Un pedazo de plástico, para que jueguen como mascotas. No sé si me escucha.
- ¡Cuidalos, eh! - me sale sin pensar y enseguida me arrepiento. ¡Qué boluda! ¡Decirle justamente eso a la criatura…! Ojalá no me haya oído.

Me quedo angustiada por los pichones. Los tres. A los pájaros, seguramente, los devorará algún gato de por ahí. ¿Cuánto tiempo más podrá cuidarlos el mocoso antes de aburrirse, o antes de apostarse, nuevamente, en la entrada de otro banco para pedir monedas?

¿Y quién cuidará de él?

Me voy con los bichos atragantados, como conejos en un cuento de Cortazar, sabiendo que los dejo abandonados a su suerte. ¿Podría yo haber cambiado ese sino?  La pregunta se me clava más adentro en la garganta. Quizás sea el próximo usuario del cajero o algún cliente del banco el que desvíe el destino incierto de esos tres.

Paso por una juguetería y me distraigo buscando una muñequita en la vidriera. Entonces me acuerdo del aguinaldo mal pago y de que ahora tendré que llamar a la contadora, cosa que odio. Refunfuño de antemano: me fastidia comunicarme con ella y tener que explicarle todo de-te-ni-da-men-te para evitar un nuevo error.
Para colmo, advierto que varios negocios están haciendo buenos descuentos en efectivo-contado y yo, que pensaba pagar con débito, no saqué dinero. Doy media vuelta para regresar al banco. Pero no. Mejor avanzo y retiro en algún cajero más adelante. Por calle Córdoba hay un montón y, en estas fechas, están siempre llenos de plata, hasta cambio chico les ponen.

Comienza a subir el sol. Las veredas se desnudan de sus reparos. ¡Qué calor, madre mía! Ya sabía yo que esto iba a ser un infierno.

2 ene. 2011

Una mamá linda y buena

La cola frente a la ANSES es interminable. La calle está atestada de gente. Pibes sentados en el cordón o contra las paredes del edificio, pasantes que van y vienen, automovilistas que tocan bocina. Buzos con capucha, cabellos decolorados y peinados con gel, jeans con grabados tribales, cadenas colgando de la cintura; mujeres con niños de diferentes edades colgados de la cintura, madres amamantando a sus bebés o a sus niños de dos o tres años, madres niñas y madres abuelas; cabellos recogidos y teñidos de rubio o de rojizo; vendedores ambulantes, taxistas y abrepuertas. Personas amontonadas frente a las vidrieras de la cuadra, sobre todo frente a la de la juguetería. Narices diminutas contra el frío violento de los escaparates.

Por la mañana el tiempo no es suficiente para atenderlos a todos así que ahora también pagan los subsidios en horario vespertino. Toda la tarde esperan para cobrar. A estas lacras las atienden bien, a los profesionales que van a trabajar los maltratan, escupe una señora que esperaba un taxi. Lo dice cuando está a punto de cerrar la puerta del vehículo y mandarse a mudar.  

Los cafés de la zona están completos, familias numerosas instaladas alrededor de las paneras de mimbre o de plástico repletas de medialunas, las tazas de café con leche rebosantes de espuma. Caras de entusiasmo y de cansancio. Una anciana que pasa y comenta que cobran y enseguida se gastan todo.

Tati vino con su hermana mayor que está autorizada a cobrar porque ya cumplió los dieciocho. Él tiene cinco. Cuando llegaron esta mañana – hay que venir temprano para conseguir que te atiendan en el día – todavía no les alcanzaba para dos promos. Café con leche y dos medialunas: seis pesos. Pero sabían que con suerte, si no se demoraban mucho, para el mediodía podrían desayunar calentitos en el bar de enfrente. A Tati le gustaba acompañar a la Romina a cobrar porque después iban siempre al café: qué alegría esas facturas tiernitas y la espuma encima de la leche que en casa nunca salía así. Le encantaba echarle encima todo el paquetito de azúcar y comerse la espuma dulce antes de revolver. La Romi siempre se reía del bigote blanco sobre los labios que le quedaba después del primer sorbo ansioso:
- Tomá, limpiate, parecés un gatito tomando la leche…- y sonriendo le pasaba las servilletas de papel.
A Tati también le gustaba ver a Romina contenta y tranquila. Ella era como su segunda mamá y, aunque nunca se animó a decírselo, a él le hubiera gustado que fuera la primera. Ella siempre lo trataba bien. Casi nunca se enojaba con él, salvo cuando venía muy cansada del trabajo y él la cargoseaba hasta sacarla de quicio. Sin embargo no le pegaba. Eso jamás. Además era linda la Romina, una mamá linda y buena.

Ese martes la cola era larguísima y Tati jugó a la popa con otros chicos de la cola, a los autitos con un nene que estaba más adelante y a las cartas de Dragon Ball con otro que estaba más atrás. Se durmió un rato encima de Romina y después esperó impaciente a que llegara su turno. Cuando por fin cobraron y salieron del Anses, el bar de enfrente ya no servía más promos porque se había quedado sin medialunas. Así que se fueron al de mitad de cuadra.
- ¡Ojala que acá también lo hagan con mucha espuma! - suspiró Tati. La Romi lo miró con ternura. Cara de entusiasmo y de cansancio.
Todas las mesas estaban ocupadas. Romina se acercó a la barra y preguntó si no quedaba algún lugar disponible para ella y su hermanito. El encargado sacó la cabeza del diario y, apuntando su bigote grasiento y tupido hacia la cara de Romi, hizo una pausa mientras la miraba de arriba a abajo y contestó:
- Estamos llenos, mamita, pero para vos podemos hacer una excepción…
Tati saltó de alegría festejando el privilegio que les tocaba, pero Romina lo paró en seco:
- No se moleste señor, muchas gracias.
Mientras el nene rezongaba que por qué no se podían quedar, el bigotudo se acercó más a Romina apoyando medio cuerpo sobre la barra y en voz baja le hizo una propuesta casi al oído. La Romi se inclinó hacia atrás, agarró a Tati - que seguía pataleando - del brazo y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir escuchó al encargado comentando a viva voz que si es con plata regalada sí se sientan como duques a que les sirvas, ahora si hay que laburar no quieren saber nada éstas… Romina apretó la manito de Tati e hizo fuerza para no llorar o volver y escupirle la jeta al tipo.
- Vamos a tomar el bondi. Nos vamos a casa.
Al escucharla Tati armó un berrinche. Se tiró al piso oponiendo al tironeo de Romi todo su peso que no era mucho pero furioso valía por dos. Tenía hambre y estaba agotado: por nada del mundo iba a volver a casa sin su café con leche. Romina rompió en llanto.
-¡Levantate pendejo! - Lo incorporó de un sacudón y antes de que el nene pudiera reaccionar le dio un cachetazo con toda la palma de la mano bien abierta. Tati se llevó la mano a la cara como consolándose del dolor que seguiría allí cuando el cachete se deshinchara. Mucho más profundo y por mucho más tiempo.