2 ene. 2011

Una mamá linda y buena

La cola frente a la ANSES es interminable. La calle está atestada de gente. Pibes sentados en el cordón o contra las paredes del edificio, pasantes que van y vienen, automovilistas que tocan bocina. Buzos con capucha, cabellos decolorados y peinados con gel, jeans con grabados tribales, cadenas colgando de la cintura; mujeres con niños de diferentes edades colgados de la cintura, madres amamantando a sus bebés o a sus niños de dos o tres años, madres niñas y madres abuelas; cabellos recogidos y teñidos de rubio o de rojizo; vendedores ambulantes, taxistas y abrepuertas. Personas amontonadas frente a las vidrieras de la cuadra, sobre todo frente a la de la juguetería. Narices diminutas contra el frío violento de los escaparates.

Por la mañana el tiempo no es suficiente para atenderlos a todos así que ahora también pagan los subsidios en horario vespertino. Toda la tarde esperan para cobrar. A estas lacras las atienden bien, a los profesionales que van a trabajar los maltratan, escupe una señora que esperaba un taxi. Lo dice cuando está a punto de cerrar la puerta del vehículo y mandarse a mudar.  

Los cafés de la zona están completos, familias numerosas instaladas alrededor de las paneras de mimbre o de plástico repletas de medialunas, las tazas de café con leche rebosantes de espuma. Caras de entusiasmo y de cansancio. Una anciana que pasa y comenta que cobran y enseguida se gastan todo.

Tati vino con su hermana mayor que está autorizada a cobrar porque ya cumplió los dieciocho. Él tiene cinco. Cuando llegaron esta mañana – hay que venir temprano para conseguir que te atiendan en el día – todavía no les alcanzaba para dos promos. Café con leche y dos medialunas: seis pesos. Pero sabían que con suerte, si no se demoraban mucho, para el mediodía podrían desayunar calentitos en el bar de enfrente. A Tati le gustaba acompañar a la Romina a cobrar porque después iban siempre al café: qué alegría esas facturas tiernitas y la espuma encima de la leche que en casa nunca salía así. Le encantaba echarle encima todo el paquetito de azúcar y comerse la espuma dulce antes de revolver. La Romi siempre se reía del bigote blanco sobre los labios que le quedaba después del primer sorbo ansioso:
- Tomá, limpiate, parecés un gatito tomando la leche…- y sonriendo le pasaba las servilletas de papel.
A Tati también le gustaba ver a Romina contenta y tranquila. Ella era como su segunda mamá y, aunque nunca se animó a decírselo, a él le hubiera gustado que fuera la primera. Ella siempre lo trataba bien. Casi nunca se enojaba con él, salvo cuando venía muy cansada del trabajo y él la cargoseaba hasta sacarla de quicio. Sin embargo no le pegaba. Eso jamás. Además era linda la Romina, una mamá linda y buena.

Ese martes la cola era larguísima y Tati jugó a la popa con otros chicos de la cola, a los autitos con un nene que estaba más adelante y a las cartas de Dragon Ball con otro que estaba más atrás. Se durmió un rato encima de Romina y después esperó impaciente a que llegara su turno. Cuando por fin cobraron y salieron del Anses, el bar de enfrente ya no servía más promos porque se había quedado sin medialunas. Así que se fueron al de mitad de cuadra.
- ¡Ojala que acá también lo hagan con mucha espuma! - suspiró Tati. La Romi lo miró con ternura. Cara de entusiasmo y de cansancio.
Todas las mesas estaban ocupadas. Romina se acercó a la barra y preguntó si no quedaba algún lugar disponible para ella y su hermanito. El encargado sacó la cabeza del diario y, apuntando su bigote grasiento y tupido hacia la cara de Romi, hizo una pausa mientras la miraba de arriba a abajo y contestó:
- Estamos llenos, mamita, pero para vos podemos hacer una excepción…
Tati saltó de alegría festejando el privilegio que les tocaba, pero Romina lo paró en seco:
- No se moleste señor, muchas gracias.
Mientras el nene rezongaba que por qué no se podían quedar, el bigotudo se acercó más a Romina apoyando medio cuerpo sobre la barra y en voz baja le hizo una propuesta casi al oído. La Romi se inclinó hacia atrás, agarró a Tati - que seguía pataleando - del brazo y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir escuchó al encargado comentando a viva voz que si es con plata regalada sí se sientan como duques a que les sirvas, ahora si hay que laburar no quieren saber nada éstas… Romina apretó la manito de Tati e hizo fuerza para no llorar o volver y escupirle la jeta al tipo.
- Vamos a tomar el bondi. Nos vamos a casa.
Al escucharla Tati armó un berrinche. Se tiró al piso oponiendo al tironeo de Romi todo su peso que no era mucho pero furioso valía por dos. Tenía hambre y estaba agotado: por nada del mundo iba a volver a casa sin su café con leche. Romina rompió en llanto.
-¡Levantate pendejo! - Lo incorporó de un sacudón y antes de que el nene pudiera reaccionar le dio un cachetazo con toda la palma de la mano bien abierta. Tati se llevó la mano a la cara como consolándose del dolor que seguiría allí cuando el cachete se deshinchara. Mucho más profundo y por mucho más tiempo.