14 may. 2011

lejanías

.
Me abrazaste por la espalda
con fuerza,
elevándome unos centímetros del piso.
Sabía que eras vos
pero me tomaste por sorpresa, 
tenías ese rostro ajeno
de las distancias,
el cabello crecido,
la barba sin afeitar,
varios kilos menos.
Reconocí tu olor,
me hundí en el abrazo
y en la respiración
de ese beso
que me diste
con tu boca nueva.

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Compartíamos
una habitación
mínima
sin ventanas.
Hacía frío
pero a veces te metías en la cama
con el torso desnudo
y yo me acurrucaba sobre tu pecho.
Cubiertos hasta la cabeza
con varias frazadas
nos dormíamos.
Todavía
conservo el calor
de esas noches grises en Madrid,
de tu cuerpo
envolviéndome
en esa celda fuera del mundo. 

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Llovía
como llovió todo el mes de enero.
En un cine
descansamos de la clínica
y del reposo. 
La película ya había empezado,
nos instalamos en la penumbra.
Acomodé mi mejilla sobre la curva de tu cuello,
respiré el olor de tu ropa húmeda
y pensé que morirse
era extrañar para siempre
este momento.